Domingo, 19 de Julio de 2026
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Percepción selectiva: el análisis de cómo los individuos interpretan la realidad según sus intereses personales

¿Qué vemos cuando miramos? ¿Vemos un árbol solamente, una persona, una casa, un coche? No. Vemos el árbol y, al mismo tiempo, todo lo que ese árbol representa para nosotros. Cada imagen llega acompañada de significados, de experiencias, de vivencias: todo un mundo de representaciones añadidas a lo que tenemos delante. Como velos que median entre lo que hay y nosotros.

Y a veces surge la pregunta, casi imposible: ¿cómo sería mirar como si fuera la primera vez? ¿Tendríamos, por fin, una experiencia directa de las cosas y de las personas? ¿Estaríamos más cerca de la experiencia en sí misma?

Esta pregunta, que parece de poeta o de místico, es en realidad una de las más profundas que puede hacerse un ser humano. Tanto el psicoanálisis de Jacques Lacan como el trabajo con la psique la iluminan desde ángulos que se complementan.

Jacques Lacan señalaría, con una precisión incómoda, que esos velos no son un accidente ni un defecto que pudiéramos limpiar: son la condición misma de nuestra experiencia. Desde que entramos en el lenguaje, desde que aprendimos a nombrar, dejamos de tener acceso directo a las cosas. El lenguaje se interpuso para siempre entre nosotros y el mundo.

Lacan distinguía tres registros. Lo real es lo que hay, antes de cualquier palabra: inaccesible, imposible de atrapar del todo. Lo imaginario es el mundo de las imágenes, de cómo las cosas se nos aparecen. Y lo simbólico es la red de lenguaje y significados que organiza toda nuestra experiencia. Cuando miramos un árbol, no vemos el árbol en sí: vemos su imagen ya atravesada por todo lo que la palabra árbol arrastra consigo, por nuestros recuerdos, por lo que un árbol significó alguna vez en nuestra historia.

Dicho de otro modo: los velos que describe el texto no se pueden quitar del todo, porque somos seres hablantes. No existe, para un adulto, la mirada completamente virgen. En el instante en que reconocemos algo como un árbol, ya lo hemos vestido.

Pero esto, lejos de ser una condena, tiene una consecuencia liberadora que Lacan supo ver: si lo que vemos está siempre teñido por nuestra historia, entonces cambiando nuestra relación con esa historia, cambia también lo que vemos. El velo no se elimina, pero puede volverse más transparente. Y esa es, precisamente, la posibilidad que abre el trabajo terapéutico.

El trabajo con el cuerpo aporta algo que el psicoanálisis a veces deja en lo abstracto. Porque esos velos no son solo ideas o recuerdos conscientes. Son, muchas veces, respuestas grabadas en el sistema nervioso.

Dos personas miran a un hombre de voz grave que alza un poco el tono. Una ve, simplemente, a alguien que habla fuerte. La otra siente que el pecho se le cierra, que el cuerpo se prepara para el peligro, que algo antiguo se enciende. No están viendo al mismo hombre. Una lo ve a él; la otra ve, sobre él, el velo de un padre que gritaba, de una amenaza vivida hace décadas.

Ese velo no es una interpretación intelectual: es neurocepción. El sistema nervioso, por debajo de la conciencia, evalúa cada rostro, cada tono, cada gesto, buscando señales de peligro o de seguridad según lo que aprendió en el pasado. Y proyecta sobre la realidad presente el mapa de lo que vivió. Por eso quien fue herido tempranamente ve amenaza donde no la hay, y le cuesta tanto creer, en el cuerpo, que ahora está a salvo. Su velo está tejido de alarmas antiguas.

Este es, quizás, el velo más pesado de todos: no el de los significados que añadimos con la mente, sino el de las alarmas que el cuerpo dispara sin consultarnos. Y es también el que más sufrimiento produce, porque nos hace vivir el presente con los ojos del pasado.

A veces, los velos ante nuestros ojos no son ni siquiera nuestros. Son heredados. Miramos a una pareja y, sin saber por qué, sentimos desconfianza o fascinación desproporcionadas. Miramos a una figura de autoridad y reaccionamos como si arrastrara una historia que no vivimos con ella. En muchos casos, sobre esa persona presente se proyecta el rostro de alguien de nuestro sistema familiar: un excluido, un ausente, una figura que quedó pendiente en generaciones anteriores. No vemos a quien tenemos delante: vemos, sin saberlo, a quien no pudo ser mirado en su momento.

Por eso en el trabajo sistémico ocurre a veces algo casi mágico: cuando alguien logra por fin dar un lugar a esa figura excluida, verla, reconocerla, devolverle su sitio, de pronto puede ver a las personas de su presente con más claridad. Como si al colocar a cada uno en su lugar, se retirara un velo, y el mundo actual dejara de estar poblado por fantasmas del pasado.

Entonces, volviendo a la pregunta del inicio: ¿es posible mirar como si fuera la primera vez?

En sentido literal, y siendo honestos, no del todo. No podemos desaprender el lenguaje, ni borrar nuestra historia, ni volver a la mirada pura del recién nacido. Los velos son parte de ser humanos. Prometer lo contrario sería vender una ilusión.

Pero sí es posible algo quizás más valioso: volver los velos más ligeros, más transparentes, y sobre todo, dejar de confundirlos con la realidad. La diferencia no está en eliminar la proyección, sino en saber que estamos proyectando. En poder decir: esto que siento ante esta persona, ¿es de ella, o es un velo mío? Este miedo, ¿lo produce lo que tengo delante, o una alarma antigua? Esta desconfianza, ¿le pertenece a él, o a alguien de mi historia?

Ese solo gesto, el de reconocer el velo como velo, ya cambia la experiencia. Porque una cosa es mirar a través de un cristal creyendo que es aire, y otra muy distinta es saber que hay un cristal, y de qué color está teñido. En el primer caso, somos prisioneros de la proyección. En el segundo, recuperamos una libertad: la de mirar de nuevo, con más cuidado, dispuestos a que la realidad nos sorprenda.

Y hay momentos en que el velo se afina tanto que casi desaparece. Un instante de quietud en la naturaleza. Una mirada entre dos personas que se encuentran de verdad. Un contacto que nos deja, por un segundo, frente a lo que hay, sin tanta mediación. No duran. Pero nos recuerdan que debajo de todos los velos sigue existiendo el mundo, esperando ser visto.

El trabajo de una vida, quizás, no sea quitarse los velos, sino conocerlos tan bien que dejen de gobernarnos. Saber de qué está hecho cada uno: qué añadió mi historia, qué grabó mi cuerpo, qué heredé de los míos. Y desde ese conocimiento, poder elegir, cada tanto, mirar de nuevo. Como si fuera, casi, la primera vez.

Con Información de desenfoque.cl

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