Un colega periodista relató con sorpresa las observaciones que realizó durante una visita al Congreso Nacional, tanto a la Cámara de Diputados como al Senado, después de varios años sin visitarlo. Señaló que encontró cambios significativos respecto a lo que había presenciado en ocasiones anteriores.
Lo que más le llamó la atención fue que la mayoría de los parlamentarios se encontraban grabándose a sí mismos mientras hablaban y gesticulaban. Algunos se filmaban directamente sosteniendo el celular con el brazo extendido, mientras que otros contaban con un secretario que fungía como camarógrafo. En uno de los pasillos, presenció a un diputado que estaba por iniciar una grabación cuando se le acercó una mujer que procedió a maquillarle la cara, arreglarle el cabello y ajustarle la corbata. El diputado realizaba muecas y se movía para que terminaran de peinarlo. Posteriormente, ella sacó un espejo, él se observó, sonrió y esperó el inicio de la grabación. Incluso vio a una diputada altamente maquillada que se grababa mientras su secretaria la iluminaba con un foco. Todo funcionaba como un set de producción artística, no como un espacio dedicado a la discusión legislativa.
El periodista confirmó que los parlamentarios se graban en múltiples espacios: en la sala durante debates sobre leyes, en cafeterías, pasillos, comedores y oficinas. Todo el Congreso funciona como un gran set de grabación.
Respecto a los puntos de prensa, señaló que cuando se reúnen tres o cuatro personas, uno habla mientras los demás asienten con la cabeza o adoptan expresiones de complicidad. Un colega de un medio radial le comentó que esto resulta «bien patético».
Los parlamentarios se autograban videos cortos para redes sociales convencidos de que mejorarán su percepción ante la opinión pública. Todos lucen vestidos como si asistieran a un espectáculo, animados para grabar como si fuera un documental de la BBC de Londres.
Lo que más le preocupó fue el tono de las declaraciones que se hacen a sí mismos para posteriormente difundirlas. Todos muestran enojo, todos hablan en tono confrontacional, nadie se comunica tranquilamente ni realiza reflexión alguna. Oden, denuncian, reclaman, juzgan y se quejan, tal como se observa en televisión o se escucha en radio.
Una característica que ya no resulta novedosa es atacar a miembros de su propio sector o descalificar rotundamente a los adversarios. Diputados de izquierda acusaron a la presidenta de su propio partido de estar coludida con el gobierno y de negociar, sin considerar que la política se trata precisamente de negociar de la mejor forma, alcanzar acuerdos y pensar en grande por el bien del país y no por intereses personales. La respuesta de la jefa del partido fue calificar todas las acusaciones como falsas, llamándolos mentirosos. Los ataques entre partidos de derecha han alcanzado niveles ridículos, con descalificaciones que no solo desprestigian a los adversarios sino a la política misma. Un Senador de la República respondió a gente de su sector que una propuesta era «rasca», sin presentar argumentos sólidos en una discusión técnica.
Hace poco ocurrió un conflicto que llegó a la justicia sin mayores consecuencias. Un diputado acusó a otro de corrupto, y este respondió: «No, el corrupto eres tú». Los juicios por injurias que ambos se presentaron no llegaron a resolverse. Nunca se supo quién era el corrupto, o si ambos lo eran.
Se trata de política performática, diseñada para la audiencia externa y no para construir un país mejor, sino para actuar como artistas en un show, gritando, gesticulando y condenando sin piedad ni trascendencia.
La ciudadanía tiene razón al ubicar a estos políticos en los últimos lugares de las encuestas de confiabilidad. Son a quienes menos les creen.
Con Información de www.observador.cl
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