Un posadero gobernaba su establecimiento según una norma fundamental: antes de iniciar la preparación de alimentos, reunía a todos los comensales y formulaba una pregunta única: quién pagaría la cuenta. Si no había acuerdo, la cocina permanecía cerrada.
Una mañana llegaron dos grupos de características opuestas. Uno conformado por hombres de traje oscuro y manos cuidadas. El otro, por personas de rostro marcado por la fatiga, palmas agrietadas y ropa remendada. Al posadero formular su pregunta, los de traje respondieron que pagaran quienes menos tienen, que ampliaran la base de contribuyentes. Los de manos agrietadas replicaron que ya pagaban constantemente, a través de cada compra, cada enfermedad sin atención médica, cada vejez sin descanso. Pagaban con su cuerpo y su trabajo.
El posadero extrajo un libro de tapas de cuero que registraba veinte años de almuerzos, indicando quién los había pagado y quién se había marchado sin contribuir. Explicó que había presenciado comensales que pedían los platos más caros y luego se escabullían sin pagar, mientras otros servían porciones abundantes a algunos y migajas a otros, y los de manos cansadas repetidamente cubrían la cuenta sin apenas probar el alimento.
El economista Milton Friedman afirmó que no hay almuerzo gratis. Era correcto, pero representaba una verdad a medias. Todo plato tiene un costo, pero la cuestión esencial era quién lo pagaba. El posadero observó que quienes más comían insistían en ordenar sin tener claridad en las cuentas, y cuando llegaba el momento de pagar, señalaban siempre a los mismos: quienes nunca se quejaban porque nadie les enseñó que podían hacerlo.
El posadero identificó tres estrategias de quienes nunca pagan. La primera consistía en señalar a otros como responsables, argumentando que así ocurría en otros establecimientos, mientras se olvidaba mencionar que en esos lugares la clase media recibía servicios de salud, educación y seguridad pública de calidad, sin necesidad de pagar tres veces por lo mismo. La segunda estrategia implicaba no pagar lo correspondiente: modificar cifras en los registros o marcharse sin firmar. El posadero señaló que menos de la mitad de los tributos que deberían pagar los dueños del capital llegaba efectivamente a las arcas, mientras que quienes proponían fiscalizar esto eran tachados de amenazar la libertad, cuando la libertad que se defendía era la de no pagar. La tercera estrategia consistía en aumentar el impuesto al valor agregado, un gravamen que pagaban por igual ricos y pobres, pero que representaba una fracción minúscula para los millonarios mientras consumía una cuarta parte de los ingresos de personas como viudas de escasos recursos.
Una tarde de invierno, el posadero convocó a todos los comensales y expuso su libro de cuentas. Señaló que quienes más comían menos pagaban, quienes menos comían pagaban con su cuerpo y su vejez, y ahora se proponía que pagaran más aún. Mientras tanto, las pensiones insuficientes, los hospitales deteriorados y las escuelas deficientes reflejaban una cuenta que seguía creciendo sin resolverse.
Un comensal de traje afirmó que el crecimiento provería. El posadero respondió que el crecimiento no provee si quien crece es uno y quien paga es otro, lo cual no era crecimiento sino una estafa.
El posadero cuestionó entonces a cada comensal sobre su posición: si eran quienes pedían lo más costoso y luego desaparecían, si pagaban sin haber comido con el estómago vacío, o si se levantaban para exigir repartición justa de la cuenta o cierre de la cocina.
Friedman tenía razón al afirmar que no hay almuerzo gratis, pero existen almuerzos pagados con el hambre de otros, y esos son los más costosos porque se pagan con vidas. El posadero finalmente comprendió que la pregunta correcta no era quién pagaría, sino quién había estado pagando todo el tiempo sin reconocimiento, sosteniéndolo todo con sus huesos mientras otros brindaban. Cuando esa pregunta se formula en voz alta, el comedor tiembla, porque quienes siempre pagaron descubren que no eran comensales. Eran el menú.
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