Un país se enorgullecía de su incesante actividad. Sus trenes circulaban desde antes del amanecer hasta después del atardecer, transportando trabajadores que dormían de pie, apoyados contra las ventanas, aprovechando los minutos de sueño que la noche no les alcanzaba a proporcionar. Las fábricas, minas y oficinas funcionaban sin interrupciones, siempre con un turno adicional o una hora extra disponible. El país llamaba productividad a esta dinámica, sin percatarse de que en realidad su población estaba adormecida permanentemente, sin permitirse un verdadero descanso.
Los efectos se manifestaron primero en los más pequeños. Los recién nacidos eran separados casi inmediatamente de sus padres, no por falta de amor, sino porque los adultos desconocían la importancia de las primeras horas de vida, cuando el contacto físico construye vínculos que posteriormente no pueden replicarse de la misma forma. Los bebés crecían más aislados de lo necesario y sus cerebros, en respuesta, desactivaban funciones que parecían innecesarias para conservar energía. Nadie consideraba esto una tragedia; era simplemente la manera en que siempre se habían hecho las cosas.
El país cometía un segundo error cuando los niños llegaban a la edad escolar. Construía universidades gratuitas y modernas para el futuro, pero descuidaba la educación temprana. Las aulas de los primeros años tenían pocos maestros para demasiados estudiantes, y estos no siempre estaban preparados para despertar mentes que ya llegaban parcialmente dormidas. Como resultado, muchos niños crecían, aprendían a leer, aprobaban sus cursos, pero de adultos leían sin comprender completamente o no podían expresarse con claridad. El país invertía fortunas en solucionar el problema al final, ignorando su origen. Era como intentar salvar un árbol regando únicamente las hojas mientras la raíz permanecía seca.
Con el tiempo, el país entero comenzó a sentirse extrañamente fatigado. Los adultos conversaban menos, olvidaban con mayor frecuencia, se irritaban por cosas insignificantes y no lograban disfrutar plenamente de lo importante. Los accidentes aumentaron en carreteras, fábricas y en decisiones tomadas con la mente nublada. Sin embargo, el país continuaba sin dormir: trabajar más era necesario para pagar lo mínimo, y trabajar más significaba dormir menos, lo que generaba peor desempeño, lo que a su vez requería trabajar aún más. La rueda giraba por sí sola.
Luego ocurrió lo inesperado: los jóvenes del país comenzaron a rechazar el futuro. No por egoísmo ni falta de amor, sino observando a sus padres exhaustos y haciendo cuentas silenciosas. Si esto era el costo de traer una nueva vida al mundo, preferían no hacerlo. El país que nunca dormía, que había descuidado a sus bebés más pequeños y que después había fallado en su educación, vio sus cunas vaciarse una tras otra, no por accidente, sino por una especie de sabiduría colectiva y melancólica: nadie deseaba perpetuar el mismo agotamiento en otra generación.
Un anciano del pueblo, alguien ya sin edad para engañarse, expresó una tarde algo que pocos quisieron escuchar: este país tiene cuatro heridas que en realidad son una sola. No permitimos que los cuerpos descansen. No dejamos que los más pequeños crezcan adecuadamente. Gastamos recursos educando al final, descuidando el comienzo. Y ahora no queremos traer más pequeños a un lugar que no sabe cuidar ni a los que ya tiene. Mientras tratemos esto como cuatro problemas distintos, no resolveremos ninguno. El día que entendamos que todo comienza en lo mismo, en proporcionar al cuerpo, al recién nacido, al que aprende y al que vive, el descanso y cuidado que necesita, ese día el país despertará de verdad.
Pocos le prestaron atención ese tarde. Sin embargo, al día siguiente el sol salió a la misma hora mientras millones seguían sin dormir lo suficiente, y en algún rincón del país, aunque nadie lo notara aún, alguien decidió por primera vez en mucho tiempo apagar la pantalla, poner la alarma más tarde y dormir.
Solo eso. Un cuerpo, una noche, un descanso completo.
A veces, un país entero comienza a sanar exactamente así: de un cuerpo por vez.
Con Información de desenfoque.cl
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