Domingo, 2 de Agosto de 2026
Nacional

Debate académico reexamina los orígenes históricos del capital y la relación laboral

En Chile, la denominada megarreforma económica ha reavivado el debate sobre cómo estimular la inversión, reducir la carga tributaria para las grandes empresas y crear condiciones que favorezcan el crecimiento económico y el empleo. En paralelo, han surgido discusiones acerca de la flexibilidad laboral, la implementación de la jornada de 40 horas y otros derechos laborales conquistados, bajo el argumento de mejorar la competitividad.

Examinar estrategias para el crecimiento económico no carece de legitimidad. El capital es fundamental, ya que sin inversión no hay nuevas empresas, innovación ni ampliación de oportunidades laborales. Desconocer el papel del capital sería ignorar una realidad económica evidente.

Sin embargo, existe otra realidad que frecuentemente se deja de lado: el capital no produce sin trabajadores.

Esta consideración lleva a una pregunta simple pero incómoda: ¿qué fue primero, el capital o el trabajo?

Históricamente, la respuesta es clara: antes de que existieran grandes fortunas, bancos, mercados financieros o corporaciones, existía el trabajo humano. La capacidad de las personas para producir, crear y transformar la naturaleza en bienes útiles precedió al capital acumulado.

Adam Smith, considerado uno de los fundadores de la economía moderna y referente del liberalismo económico, reconocía la importancia del trabajo en la generación de riqueza. En su obra La riqueza de las naciones, publicada en 1776, señaló que el trabajo era una fuente fundamental del valor económico. Según Smith, la división del trabajo permitía aumentar significativamente la productividad, aunque esta seguía dependiendo de la acción humana.

Por tanto, la afirmación “sin capital no hay trabajo” contiene verdad, pero resulta incompleta. La verdad integral es que tampoco existe capital productivo sin trabajadores.

Si una persona dispone de mil millones de dólares para construir una fábrica pero no encuentra trabajadores, dispondrá de terrenos, edificios, maquinaria y dinero invertido, pero no habrá producción, ventas ni riqueza generada. El capital requiere del trabajo para hacerse realidad.

La historia demuestra que muchas grandes fortunas occidentales no surgieron únicamente de ahorro, innovación o emprendimiento, sino sobre diversas formas de explotación del trabajo humano. El Imperio español extrajo enormes cantidades de oro y plata de América mediante el trabajo forzado de pueblos indígenas. Portugal desarrolló su poder económico mediante la explotación colonial en Brasil y el comercio transatlántico de personas esclavizadas. El Imperio británico obtuvo inmensa riqueza de sus colonias, especialmente de India y las plantaciones del Caribe. Francia actuó de manera similar en gran parte de África y Asia. Durante el reinado de Leopoldo II de Bélgica, el Congo fue sometido a un régimen brutal de trabajo forzado que costó millones de vidas. En Estados Unidos, buena parte de la riqueza agrícola e industrial de los siglos XVIII y XIX descansó sobre el trabajo de personas esclavizadas.

Un denominador común atraviesa todas estas experiencias: la acumulación de riqueza fue posible gracias al trabajo de millones de personas, frecuentemente privadas de libertad, derechos o remuneración justa. Esta realidad histórica no niega la importancia del capital, sino recuerda algo fundamental: incluso las mayores acumulaciones de riqueza necesitaron siempre del trabajo humano para existir.

No se trata de enfrentar al capital con el trabajo. Quien invierte arriesga recursos, organiza la producción, incorpora tecnología y asume riesgos. Quien trabaja transforma esa inversión en bienes, servicios y riqueza concreta.

Uno aporta los recursos; el otro les da vida.

La pregunta entonces no es si el trabajo necesita al capital o viceversa. La respuesta es evidente: ambos se necesitan mutuamente. Pero existe algo que no debe olvidarse: el capital no existe sin una historia previa de trabajo, ni puede generar nueva riqueza sin personas que lo pongan en movimiento.

Durante demasiado tiempo se ha aceptado un relato donde el dinero parece poseer una capacidad casi mágica para producir riqueza por sí solo, como si las máquinas funcionaran solas, las empresas crecieran sin esfuerzo humano, o como si detrás de cada producto, servicio y avance tecnológico no hubiera miles de personas aportando su conocimiento, tiempo y esfuerzo.

El capital puede adquirir herramientas, infraestructura y tecnología. Puede financiar proyectos y abrir oportunidades. Pero no puede reemplazar aquello que está en el origen de toda economía: la capacidad humana de crear, transformar y producir.

Por eso, cuando se habla de crecimiento, desarrollo y competitividad, no puede reducirse al trabajador a un costo que debe minimizarse. Antes que un costo, el trabajo es la fuente que permite que la inversión tenga sentido.

Una empresa no se levanta únicamente con dinero. Se levanta con ideas, esfuerzo, conocimiento y personas que hacen posible diariamente que esa riqueza exista.

El capital puede acumularse. El trabajo es lo que crea.

Una sociedad que olvida esa verdad corre el riesgo de olvidar también a quienes, con sus manos e inteligencia, han construido toda la riqueza que conocemos.

Con Información de desenfoque.cl

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