Luis Emilio Recabarren, fundador del movimiento obrero chileno, desarrolló una reflexión profunda sobre el trabajo como eje central de la vida humana. Para Recabarren, el trabajo —y no la propiedad ni los bienes materiales— es lo que genera el “bien social” y constituye la fuente de realización de hombres y mujeres libres. Este concepto representa el “interés nacional”, contrario al de las clases dominantes, pues incluye tanto ideas como su materialización práctica en justicia, progreso, comodidad, higiene, cultura y bienestar para toda la población.
En sus escritos, Recabarren utilizaba expresiones como “esclavitud servil” para describir las formas de trabajo asalariado que prevalecían en Chile a comienzos del siglo XX. Estas locuciones, cargadas de dramatismo e intensidad emocional, revelaban un trasfondo moral en su denuncia con una clara función política, moviendo a la indignación y convocando a la acción. No se trataba de descripciones pretendidamente objetivas de la situación de los trabajadores y trabajadoras, sino de señalamientos sobre el significado moral de la explotación.
Recabarren entendía que la explotación, más allá de generar pobreza y exclusión, vicio e ignorancia, determinaba la ausencia de libertad y autonomía del trabajador. Esta característica es lo que definía su “universalidad”, término que empleaba repetidamente para referirse a la situación de los trabajadores. Así lo expresaba al referirse a las mujeres: “mujer, tu esclavitud es la esclavitud universal”, y también al hablar de los inquilinos del campo: “Los trabajadores de las haciendas son verdaderos esclavos a quienes hay que libertar y educar”.
En este contexto, la lucha histórica por la jornada de 8 horas no tenía únicamente el propósito de reducir la duración del trabajo y aliviar la explotación patronal, sino también de introducir una racionalidad en la organización del tiempo que permitiera a los trabajadores organizar su existencia y ganar autonomía en la realización de sus proyectos de vida.
Recabarren insistía constantemente en las diversas formas que adoptaba el dominio de clase y la explotación, viéndola como una totalidad opresiva que se manifestaba en la vida cotidiana. La explotación no ocurría solo en la faena, la mina o la obra, sino que permeaba toda la existencia.
El sistema de pago en fichas, utilizado en salitreras y minas de carbón, ejemplificaba esta explotación integral. Estas fichas eran recuperadas por los patrones en las pulperías donde los trabajadores estaban obligados a usarlas, constituyendo otro mecanismo de explotación. La situación era dramática y sin salida, pues tampoco existían leyes que protegieran a los obreros. Por el contrario, las leyes funcionaban como una forma de “tiranía” que provenía del hecho de que los mismos patrones de minas y haciendas las conformaban y elaboraban.
Recabarren escribía: “Ni gobierno, ni patrón, ni fraile alivian su situación”. Para él, el trabajador y la trabajadora vivían en la más completa indefensión, condenados a trabajar “como bestias de carga”. Esta expresión, más que una simple descripción de las condiciones materiales, hacía alusión a la deshumanización del trabajador. Para Recabarren, el mundo era un mundo humano porque todo lo existente era obra del trabajo; sin embargo, bajo el capitalismo chileno del centenario, la forma de explotación caracterizada como “esclavitud” negaba esta realidad, sometiendo al trabajador en lugar de liberarlo.
Todo lo existente era obra del trabajo, exceptuando la naturaleza. Sin embargo, esta última, al haber sido objeto de apropiación por grupos específicos durante la conquista, perdía su relación armoniosa con el hombre y se convertía en víctima de la enajenación histórica, produciendo deshumanización y generando desigualdad y servidumbre.
El trabajo, por tanto, es lo que produce el “bien social” y la fuente de realización de hombres y mujeres libres, representando el “interés nacional” frente al de las clases dominantes. Incluye tanto ideas como su realización práctica en justicia, progreso, comodidad, higiene, cultura y bienestar para todos y todas. No obstante, en la sociedad de su época, el trabajo se presentaba paradójicamente como carga. Recabarren se cuestionaba: “¿cómo es posible que siendo el trabajador el que produce todo viva en tan triste condición?”. Esto ocurría porque las formas de organización adoptadas se oponían a la propia vida, presentando un aspecto “embrutecedor y abyecto”, a los que se refería como “abismo de miserias” o “sangrienta explotación”.
Recabarren incorporaba cada vez más frecuentemente a la clase media y los empleados en sus reflexiones sobre el trabajo, especialmente para referirse a su insatisfacción con el orden existente. Señalaba que “es en esta clase, la clase media, donde se recluta actualmente a la mayoría de los descontentos”, mientras denunciaba su sometimiento a formas culturalmente imperantes, viviendo esclavizados “al brillo falso” y “al qué dirán”.
El trabajo no debía ser únicamente un mecanismo de adaptación del hombre y la mujer a formas culturales que asumían el carácter de modas, hábitos y usos que les eran impuestos. Recabarren denunciaba aquellas formas culturales originadas en la acumulación de riquezas provenientes de la especulación y las rentas del salitre y la hacienda, no del trabajo, que posteriormente eran reproducidas por sectores socialmente subalternos como otra forma de dominación.
Para Recabarren, lo que el hombre produce mediante el trabajo no es simplemente cosas, ni una manera de obtenerlas, ni adaptarse a formas culturales ajenas, ni dominar la naturaleza como un obstáculo a vencer. A través del trabajo, el hombre se hace libre, construye el bien social y garantiza el interés nacional. Se relaciona con otros hombres y mujeres, realiza su autonomía y reclama protección, pues el trabajo es un bien social, no una capacidad individual que persigue objetos, sino una potencia social que debiera producir la felicidad humana.
Con Información de elsiglo.cl
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